Obituario de Pablo Ferari, 21-12-1963
Como todos, cuando llegó a la Argentina Paolo se volvió en Pablo. Trabajó en una casa cerealera como recibidor de granos, parece. Vivió durante algún tiempo, parece, en Tres Arroyos. Fue ahí en esa ciudad, que dejó embarazada a una chica.
Según cuentan, los hermanos de ella, cuando se enteraron, lo corrieron y lo quisieron matar.
No podemos saber si fueron los hermanos, o la propia mujer quienes lo presionaron para que él le diera el apellido al bebé.
Aceptó, a cambio del bebé. En la partida de nacimiento figura solamente el nombre del padre.
Sin embargo no fue Pablo quien se hizo cargo de la crianza de su hijo: su hermana Isabel que vivía en Buenos Aires no podía tener hijos, así que a ella le entregaron el bebé, unos 50 días después del nacimiento.
Pablo mientras tanto volvió a Bahía y se fue a vivir con sus hermanas solteras, Valeria Ferrari y Rosa Campestrín, mujeres que, según cuentan, se encargaron de solucionarle y a la vez controlarle totalmente la vida: jamás tuvo novia conocida, si por casualidad él iba con algún amigo a su casa ellas se encargaban de ahuyentarlo, y junto a Isabel trataron de dominar completamente la infancia y la juventud de su sobrino. Pablo renunció a cualquier tipo de iniciativa o autonomía para vincularse con su hijo más allá del marco de relación que imponían rigurosamente sus tres hermanas; y jamás -un jamás que a nosotros ahora nos puede resultar difícil de comprender y aceptar- hablaron -ni él ni sus hermanas - del nacimiento del hijo ni de la madre, ni siquiera volvieron pronunciar en voz alta, el nombre de ella.
Cuentan que antes de morir, ya enfermo, gritaba a veces, con desesperación porque se le volvían a representar en su mente los hermanos de la madre de su hijo, que lo corrían queriendo matarlo.
Quién sabe por qué más, gritaba Pablo en su agonía.
(Vamos a dedicar una entrada completa a la historia del hijo de Pablo, Carlos Norman Ferrari, y a su madre, Filomena Mammeo)




